-¿Por qué hay en esta época tantos y tan diversos disturbios alimentarios?
En nuestra opinión estos trastornos existen desde mucho tiempo -de hecho se puede encontrar en la literatura descripciones de pacientes con trastornos alimentarios que se remontan a varios siglos atrás-, lo que sucede es que ahora se habla más del tema y también se observa que se manifiestan a edades más tempranas. En este sentido tiene un importante papel la sociedad en que vivimos que empuja a nuestros niños y adolescentes a buscar un ideal de perfección y belleza que muchas veces dista de ser compatible con los parámetros de salud.
Nuestro país no es la excepción, siendo las alteraciones más frecuentes la anorexia y bulimia. Sin embargo en los últimos tiempos se han descripto otras disturbios alimentarios como por ejemplo: diabulimia, ortorexia, vigorexia, síndrome del gourmet, síndrome del comedor nocturno. Muchos de ellos no están considerados en los manuales del DSMIV (manual de diagnóstico y tratamiento de los trastornos mentales) pero por la prevalencia que están empezando a tener, seguramente en un futuro serán incluidos.
-En tu práctica profesional casi un 60 % de jóvenes consultan por sobrepeso o ya obesidad. ¿Es una cifra alta?
-Las alteraciones de la conducta alimentaria pueden tener diferentes manifestaciones, pero en lo que respecta a la obesidad en nuestro país -como en el resto del mundo-, ya tiene dimensiones de epidemia. Es común que los pediatras comenten que antes lo frecuente era ver niños desnutridos y que en los últimos años han tenido que aprender a diagnosticar sobrepeso, porque se sabe las consecuencias que tiene esto en la salud de los chicos. Esto explica por qué llegan tantos niños con esta enfermedad a la consulta endocrinológica.
-De modo que un niño o un adolescente obeso o con sobrepeso no es sinónimo de saludable o “bien nutrido”.
-Por supuesto. Eso es un mito que se debe desterrar, si bien era algo culturalmente aceptado hasta hace poco tiempo, se basa en conceptos falsos “si el nene está gordito está sano”. Los estudios son contundentes en demostrar que los niños que tienen sobrepeso tienen un riesgo aumentado de presentar enfermedad cardiovascular, diabetes, hipertensión arterial y trastornos de los lípidos. Nosotros estábamos acostumbrados a ver estas enfermedades en adultos, pero ahora las vemos también en chicos con sobrepeso.
-¿Qué es la diabulimia?
-Primero debemos remarcar la atención que tienen que poner los médicos que asisten jóvenes y adolescentes -ya que es la edad en que generalmente se ven los trastornos alimentarios- para detectarlos precozmente y tratarlos. En particular la Diabulimia se refiere a las personas diabéticas que requieren insulina para vivir y que saltean sus dosis para perder peso. Se ve con más frecuencia en adolescentes o jóvenes diabéticas del sexo femenino, con ciertos rasgos característicos en su personalidad: excesiva preocupación por tener un buen control de sus glucemias durante su infancia, muy exigentes en el cuidado de su diabetes. Estas chicas cuando llegan a la adolescencia comienzan a darle más importancia a su figura para no sentirse diferentes de sus amigas. El “estar a la moda” es muy importante para ellas, más que el control de su enfermedad. Las diabulímicas lo que hacen es saltearse sus inyecciones de insulina por un determinado tiempo o ejercitarse excesivamente con la única finalidad de perder peso sin importar las consecuencias de esta conducta sobre su salud.
-¿Cómo se aborda este tema con la adolescente?
-Se trata de una situación bastante compleja porque hay que entender que este mecanismo que han encontrado las adolescentes diabéticas para disminuir de peso las lleva a elevar sus glucemias y ellas lo saben. Ahora vieron que “dejando de inyectarme insulina bajo de peso y logro lo que busco, que es obtener una mejor figura”.
El problema es que cuando no se inyectan insulina se provocan una pérdida de peso pero a expensas de su masa muscular, ya que la hiperglucemia promueve la utilización de las proteínas y en consecuencia la masa muscular desciende mucho. Ello explica la sensación de cansancio y fatiga que experimentan estas chicas.
Otro aspecto importante es la percepción que tienen los pacientes de que el uso de insulina hace que el peso aumente. Esto es así debido a que la insulina tiene un efecto lipogénico mayor que el efecto hipoglucémico, es decir, se necesita menos insulina para formar grasa que para disminuir la glucosa. Sin embargo lo que consiguen al no darse la insulina es un efecto más pronunciado sobre la masa muscular.
Las consecuencias desde el punto de vista de la salud del paciente es la hiperglucemia acompañada de aumento de la sed y del volumen urinario y disminución del peso aún con exacerbación del apetito, o sea que pueden comer bastante y aún así no engordar. A medida que continúa ascendiendo la glucemia aparecen diversos grados de deshidratación, luego se agrega la acidosis y por último puede ocurrir el coma cetoacidótico que le puede ocasionar la muerte si no recibe una asistencia adecuada. Esto es en lo que respecta a los efectos a corto plazo, a esto hay que sumarle los efectos a largo plazo que son las complicaciones conocidas de la diabetes a consecuencia de tener valores de glucemias inadecuados en forma mantenida, tanto en lo que hace a la macroangiopatía como la microangiopatía (retina, riñón y neurapatía diabética). Todas estas alteraciones sin duda disminuyen la calidad de vida de la persona y en este caso se les suma el riesgo de que aparezcan precozmente.
-El tratamiento ¿cómo se instala en las personas?
-Obviamente -como vimos- es una situación compleja. Hay que entender que no es una situación normal, sino la consecuencia de una alteración en la conducta donde el paciente, llevado a buscar la delgadez, deja de tratar adecuadamente su enfermedad.
El abordaje de esta situación requiere sin duda la actuación de un equipo multidisciplinario, porque se necesita mejorar el control de la diabetes, hay que manejar los aspectos nutricionales y mejorar el vínculo con su enfermedad y su imagen corporal.
Otro aspecto es que además del tratamiento individualizado que se le debe brindar a estas chicas, sin duda también hay que tratar de promover trabajos de prevención que estén dirigidos al núcleo familiar, a los centros de estudio y a nivel general. En la medida que conozcamos estas situaciones las vamos a poder diagnosticar y tratar, pero sobre todo podemos prevenirlas.
-Demos entonces un mensaje final relativo a este tema.
-Como hacía referencia, en general los pacientes llegan derivados por las repercusiones en su salud, y son los menos que llegan por el trastorno alimentario o su sospecha. Estos pacientes se dirigen generalmente al psiquiatra o al nutricionista y es ahí que surge luego la derivación al endocrinólogo. En el caso de la diabulimia, el que debe descartar esta alteración sin duda es el especialista (endocrinólogo o diabetólogo) cuando observa que su paciente –sobre todo si trata de un adolescente- comienza a tener hiperglucemias reiteradas que incluso justifiquen internaciones o episodios reiterados de cetoacidosis. Estas pacientes no van a venir a nosotros diciendo “no me estoy inyectando insulina porque quiero bajar de peso…” y también la familia debe estar atenta porque a ellos tampoco se lo dicen. Pero todos debemos acostumbrarnos a pensar y descartar esta eventualidad.
En el caso de la ortorexia o los que padecen de vigorexia no son conscientes de su alteración. Habitualmente es la familia o los amigos cuando advierten el aislamiento de la persona o el cambio en sus conductas habituales, los que notan que hay un problema.
Entonces el mensaje apunta a que los médicos pensemos que estos trastornos ocurren y los busquemos en nuestros pacientes. Hay un dicho que dice “uno busca lo que sabe y sabe lo que estudia”. Si no tenemos presente estas situaciones no las vamos a buscar, y -lo que es más grave-, tal vez cuando las diagnostiquemos ya sea tarde para nuestro paciente.